Ester trabaja en compras, en una empresa de envases. Lleva once años ahí. No está quemada, no ha discutido con nadie y su jefa le cae francamente bien. Pero el domingo por la tarde, con la cocina recogida y la casa en silencio, abre el ordenador y se pone a actualizar el currículum.
No pasa nada más. Solo quiere ver qué hay fuera. Y aun así lo hace como quien hace algo malo.
No es miedo a que alguien lo lea
Si le preguntas, Ester no te dirá que teme que alguien en una empresa de software se siente a leer su carta de presentación. Lo que dice es más sencillo y más incómodo: no tiene manera de saber quién no lo va a leer. En ese documento está el nombre de su empresa, el de su jefa, las cifras de su departamento y una frase que empieza por «busco un cambio». Subirlo a algún sitio es aceptar un «confía en nosotros» que nadie puede demostrar: ni hoy, ni dentro de dos años, ni cuando ese servicio lo compre otro y cambie las condiciones un martes cualquiera.
Los currículums no caducan. El rastro tampoco.
Lo que hizo ese domingo
Pegó el currículum entero en una pestaña y pidió que le reescribieran el resumen inicial, que llevaba escrito desde 2015. Tradujo al inglés la parte de logros, porque una de las ofertas es de una empresa con sede fuera. Y luego pidió lo que de verdad le daba pánico: que le hicieran las preguntas incómodas de una entrevista.
«¿Por qué te vas después de once años?»
Contestó tres veces. Las dos primeras fueron malas: en una sonaba resentida, en la otra sonaba a folleto. La tercera ya se parecía a algo que podría decir en voz alta, mirando a alguien. Y esas dos primeras versiones son exactamente las que no querría que existieran en el historial de ninguna cuenta.
Luego cerró la pestaña
Lo interesante de esa parte es que no pasa nada:
- No hubo que registrarse, así que no hay nada que vincule ese domingo con su nombre.
- Nadie le dijo que le quedaban dos intentos, así que pudo repetir la respuesta tres veces. Y una cuarta.
- Habría funcionado igual en el tren, sin cobertura.
El modelo corre dentro del navegador, sobre la tarjeta gráfica de su propio ordenador. El currículum no viajó a ninguna parte porque no hay ninguna parte a la que viajar: al otro lado no hay servidor. Por eso Ester pudo escribir el borrador sincero —el que enseña el cansancio, el miedo y la cifra real— antes de escribir el educado.
Y esa es la parte que se nos olvida cuando hablamos de privacidad como si fuera un asunto de gente con algo que esconder. Casi todo lo que merece la pena escribir empieza siendo un borrador que no quieres que exista fuera de tu casa. Once años dan para que la decisión tarde meses en cuajar. Lo que no debería hacer falta es pedir permiso para empezar a pensarla.
Elffuss se abre en una pestaña y ya está: el modelo corre dentro de tu navegador, sobre tu propio equipo, así que puedes pegar ahí el borrador sincero sabiendo que no sube a ningún sitio.
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