Amparo tiene setenta y uno y una carpeta azul de gomas donde guarda lo importante: la escritura del piso, el seguro, dos libretas antiguas. Lleva meses queriendo meter una cosa más, una carta para sus hijos con lo que hay que hacer cuando ella no esté. El testamento ya lo firmó ante notario; esto es lo otro, lo que ningún notario recoge: dónde está la llave del trastero, en qué banco caen los recibos de la luz, con qué correo se dio de alta en la mutua, y qué hacer con Nino, que es un perro viejo y asustadizo y no vale para cualquier casa.
Se sentó tres veces a escribirla y tres veces la dejó a medias. No por pena, dice ella: por desorden. Le salía un revoltijo, mitad instrucciones, mitad despedida, y las dos cosas juntas no se leen bien.
Su hija le dijo lo que le habría dicho cualquiera: pídeselo a una de esas inteligencias artificiales, que te lo ordena en un momento. Y Amparo, que de tonta no tiene un pelo, hizo la pregunta correcta antes de escribir una sola línea: ¿y eso dónde va a parar?
La pregunta que casi nadie contesta entera
La respuesta honesta, en la mayoría de sitios, es: a un ordenador que no es el tuyo, en un edificio que no sabes dónde está, propiedad de una empresa con la que no has hablado nunca. Puede que lo traten bien. Puede que lo borren. Pero el texto ha salido de tu casa, y eso ya no se deshace. Para una receta o un correo de trabajo, a casi nadie le quita el sueño. Para una carta que incluye cuatro contraseñas y el día en que te mueras, es otra conversación.
Amparo la escribió en Claw. Abrió una pestaña del navegador, esperó a que el modelo se instalara en su equipo una primera vez y a partir de ahí lo que tecleaba se procesaba ahí mismo, sobre la tarjeta gráfica de su propio ordenador. Sin registrarse, sin dar un correo, sin un contador diciéndole cuánto le queda este mes.
No es una promesa, es que no hay a dónde enviarlo
Esto es lo que a mí me sigue pareciendo lo bonito del asunto. No le estamos pidiendo a Amparo que se fíe de nuestra política de privacidad. No hay política que valga: no existe el canal por el que su carta podría salir. Es la diferencia entre prometer que no miras y no tener ventana.
Y hay un efecto secundario que no esperábamos. Amparo escribió la carta entera, con las contraseñas dentro, de una sentada. Cuando no hay que decidir qué es prudente contar, el texto sale completo, y completo era justo lo que tenía que ser para servirle a alguien en el peor día.
Vale igual para Translator con una carta que no quieres que lea nadie, para Code con algo que no puede salir de la empresa y para Copiloto con lo que estés escribiendo. Privacidad no es tener algo que esconder; es que hay textos cuyo sitio es una sola casa.
Abre Elffuss en el navegador y escribe eso que no pegarías en ningún otro sitio: funciona dentro de tu equipo, sin cuenta y sin subir tus datos a ninguna parte.
Ver las apps →