Elvira tiene veintitrés entrevistas grabadas y transcritas. Personas mayores, casi todas en sus casas, casi todas contándole cosas que no se cuentan dos veces: un hermano que se fue y no volvió, un parto en enero, el año en que hubo que vender las tierras. Cuatrocientas y pico páginas que pasó a limpio ella misma, con los silencios marcados entre corchetes.
Antes de encender la grabadora, en cada cocina, leyó el consentimiento en voz alta. No lo dejó sobre el hule para que lo firmaran y ya está: lo leyó, porque ninguna de aquellas señoras iba a ponerse las gafas para un folio lleno de letra pequeña. Una de las frases decía esto:
Las grabaciones y sus transcripciones no se cederán a terceros y quedarán custodiadas en equipos del equipo investigador.
Constantina, ochenta y siete años, le preguntó qué era un tercero. Elvira le dijo: cualquiera que no sea yo.
El problema no era la IA. Era el verbo «ceder»
Dos años después, Elvira está delante de esas cuatrocientas páginas intentando encontrar patrones: qué temas se repiten, de qué no habla nadie, en qué momento todas cambian de tono. Sabe perfectamente que una IA le ahorraría tres semanas de subrayador y fichas de colores. Y sabe cómo se hace: copiar, pegar, preguntar.
Ahí se queda quieta. Porque pegar esos párrafos en un chat que vive en el servidor de otra empresa no es «usar una herramienta»: es mandar a Constantina de viaje a un sitio del que Elvira no sabe nada. Es exactamente lo que le dijo que no iba a pasar, en su cocina, con la grabadora todavía apagada.
Nadie se habría enterado. El comité de ética no revisa portapapeles, y su directora de tesis jamás le habría preguntado. La única persona que iba a saberlo era ella, y eso resultó ser suficiente.
Qué cambia cuando el modelo está de tu lado del cristal
Elffuss no es una IA más discreta ni con mejores intenciones. Es una IA que está físicamente en otro sitio: dentro de la pestaña del navegador, funcionando sobre la tarjeta gráfica del propio ordenador de Elvira. El texto que pega no viaja a ninguna parte porque no hay ninguna parte a la que viajar.
- En Claw le mete capítulos enteros de transcripción y le pregunta qué se repite, qué se esquiva, dónde aparece la misma palabra en cinco bocas distintas.
- Dos entrevistadas se pasaron al gallego en cuanto se pusieron nerviosas; con Translator entiende esos fragmentos sin sacarlos del portátil.
- En el tren de vuelta, sin cobertura la mitad del trayecto, todo sigue funcionando igual.
- No hay que crear cuenta, así que tampoco hay una lista en ningún sitio de lo que Elvira está investigando ni de cuándo.
No ha hecho nada heroico. Ha hecho lo normal: cumplir un papel que firmó gente que se fiaba de ella. La diferencia es que ahora cumplirlo no le cuesta tres semanas de subrayador.
La privacidad, cuando funciona de verdad, no se nota. Es una conversación que sencillamente no ocurre.
Ábrelo y pégale eso que no pegarías en ningún otro sitio: Elffuss corre dentro de tu navegador, sobre tu propio equipo, y lo que escribes no se sube a ninguna parte.
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