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Diario Elffuss · 25 de septiembre de 2026

Lo que Ramón contó en la junta no era un secreto, pero tampoco era para subirlo

Loli lleva cuatro años redactando las actas de su comunidad. Este mes se paró a mirar lo que estaba a punto de pegar en una web.

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Loli es la secretaria de su comunidad. No cobra nada por serlo. Lleva cuatro años porque un día levantó la mano en una reunión y nunca hubo forma de volver a bajarla.

La junta de este año duró casi tres horas. Se habló del presupuesto del ascensor, de si se cambiaba la empresa de limpieza, de la gotera del garaje. Y cuando se llegó al punto de los recibos devueltos, Ramón, el del primero A, pidió la palabra y explicó delante de dieciocho vecinos por qué llevaba siete meses sin pagar. Lo contó entero, con el detalle que no le hacía falta dar. Nadie le había preguntado nada.

Loli subió a casa con ocho folios de notas a bolígrafo y el encargo de convertir aquello en un acta de dos páginas. Abrió el portátil, copió sus notas para que algo se las ordenara y, con el cursor ya dentro de la casilla, se quedó quieta.

No hacía falta que fuera un secreto

Lo de Ramón no es materia reservada. Lo oyeron dieciocho personas en un cuarto de contadores con sillas de plástico. Pero esas notas llevaban dentro su nombre, su piso, sus meses sin pagar y la frase exacta con la que lo dijo. Y también el mote que alguien soltó, y la discusión del ático con el bajo, y la cifra que a una vecina le tembló al leerla en voz alta.

Loli no tenía un motivo articulado para no pegarlo. Tenía algo más simple: eso no era suyo para darlo. Se lo habían contado a ella porque le tocaba tomar acta, no porque fuera a circular.

La pregunta nunca fue si tienes algo que esconder. Es si lo que tienes entre manos es tuyo para entregarlo.

Aquí es donde Elffuss deja de ser una idea bonita y se vuelve algo práctico. Las apps corren dentro del navegador, sobre la tarjeta gráfica del propio ordenador. No hay un servidor esperando al otro lado, así que no hay nada que enviar: el acta de Loli se redacta en su pantalla y se queda en su pantalla. No es que prometamos no mirar. Es que no hay dónde mirar.

De ahí salen las otras cosas, casi de propina. No hay cuenta que crear, porque no hay a quién identificar. No hay cuota que se agote a mitad del acta, porque no estás gastando el ordenador de nadie. Y funciona sin conexión, que en un sótano de comunidad no es un detalle menor.

Loli acabó el acta esa noche con Claw. Al día siguiente pasó el resumen por Translator para la vecina del cuarto, que lleva dos años en el edificio y todavía se pierde con los tecnicismos del ascensor. Las dos veces, lo mismo: el texto entró y no salió.

Doce familias no se enteraron de nada. Que es exactamente lo que tenía que pasar.

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