Julián tenía que hablar el jueves a las once. Su padre había muerto el lunes y en el tanatorio, entre café de máquina y gente a la que no veía desde hacía años, alguien dio por hecho que el hijo mayor diría unas palabras. Dijo que sí sin pensarlo. A la una de la mañana, sentado en el coche porque en casa ya dormían, abrió el portátil y se quedó mirando el cursor parpadear.
Lo que escribió primero no era un discurso. Era una lista. El año que su padre no fue a verle. Los dos inviernos sin hablarse. El asunto de la finca, que seguía sin resolverse. El hermano que el jueves estaría en primera fila y no había pisado el hospital. Y entremedias, sin ningún orden, las cosas buenas: que le enseñó a conducir en un camino de tierra, que llamaba los domingos para no decir nada, que guardaba los tornillos en tarros de cristal etiquetados a mano.
Le pidió ayuda a Claw para ordenar aquello. No para que escribiera por él, que eso lo hubiera notado todo el mundo. Para que le dijera qué de todo eso se sostenía en voz alta delante de setenta personas y qué era solo suyo.
Sobraba la mitad, y hacía falta escribirla
Esa es la parte que cuesta explicar. Julián no podía llegar a los cuatro minutos decentes del jueves sin pasar antes por los veinte minutos de rabia del martes. Nadie escribe el elogio de su padre a la primera. Se escribe lo injusto, se relee, se borra, se deja una frase, se quita el nombre del hermano, se vuelve a poner, se quita otra vez. Y todo ese material intermedio no es de nadie más. No es de una empresa, no es de un historial, no es de un archivo que alguien podría consultar algún día por razones perfectamente legítimas.
Por eso importa dónde ocurre. Aquella noche, a la una, Julián no tuvo que:
- crearse una cuenta ni aceptar nada,
- pelearse con la cobertura del pueblo,
- ni contar cuántas veces le quedaba reescribirlo.
El texto se quedó en la pestaña del navegador, sobre su propia máquina, y de ahí no se movió. Lo único que salió de esa noche fueron cuatro minutos leídos en voz alta, y una versión corta que pasó por Translator para su tío de Alemania, que solo entendió la mitad de la ceremonia.
El jueves leyó lo del camino de tierra y lo de los tarros de cristal. Del resto no dijo una palabra. Cerró la pestaña al volver a casa y ahí se acabó: no hay copia, no hay borrador guardado en ningún servidor, no hay nada que pedir que borren dentro de tres años. Una IA que funciona dentro del navegador no es una cuestión técnica. Es poder escribir lo que no piensas decir.
Si tienes algo que escribir y no es para enseñárselo a nadie, abre Elffuss: corre dentro de tu navegador, sobre tu propio equipo, y lo que escribes no se sube a ninguna parte.
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