Herminia tiene setenta y un años y una tableta que le montó su sobrino en agosto, antes de volverse a Girona. Al lado tiene dos post-it: en uno está la clave del wifi y en el otro pone «ajustes», subrayado dos veces, porque es la palabra que siempre se le escapa.
En septiembre le escribió a su hija: «¿cómo se devuelve una llamada que no te ha dado tiempo a coger?». Su hija se lo explicó. A los cuatro días volvió a preguntarlo. Una semana después, otra vez. La cuarta ya no preguntó: estuvo veinte minutos dándole a cosas a ver si salía sola, y acabó no devolviendo la llamada.
Lo que la frenaba no era la duda. Era la cuenta que creía que alguien llevaba. Su hija no llevaba ninguna, por supuesto. Herminia sí: iba apuntando mentalmente cuántas veces había molestado por lo mismo.
El sitio donde se puede ser torpe
Buscarlo por su cuenta tampoco le valía. Un nieto le dijo una vez, sin maldad, que «eso se queda guardado», y desde entonces borra el historial como se recoge la cocina antes de que venga alguien. No es paranoia; es pudor. Y el pudor, cuando no tienes dónde ponerlo, se convierte en no preguntar.
Porque una lista de preguntas no es una lista de preguntas: es una biografía bastante exacta. Lo que no sabes, lo que te preocupa, a qué hora de la noche no dormías. Nadie se avergüenza de no saber cambiar una rueda. De no saber apagar un móvil, sí.
Preguntar once veces
En el Copiloto de Elffuss el modelo se descarga una vez y, a partir de ahí, piensa dentro del navegador, en el aparato que ella tiene encima de la mesa. No hay cuenta que crear, no hay contador, no hay nada que viaje. Funciona igual las tardes en que el wifi de su casa hace de las suyas, que son la mitad.
—¿Esto lo ve alguien?
—No sale de ahí.
Le preguntó lo de la llamada perdida tres veces la misma tarde. Y una cuarta al día siguiente, para asegurarse. Y luego probó a preguntarle cómo se quita el sonido de las notificaciones, que llevaba meses aguantándolo porque le parecía demasiada tontería para molestar.
Lo importante no es que la respuesta fuera brillante: era la de cualquier manual. Lo importante es que se la podía pedir sin sentir que gastaba algo —ni la paciencia de su hija, ni una cuota, ni un trocito de intimidad a cambio.
Que la IA corra en tu propio navegador suena a detalle técnico, de los que se ponen en letra pequeña. Para Herminia es otra cosa: es el único sitio donde se le permite no saber algo sin testigos.
Ábrelo y pregúntale eso que no preguntarías delante de nadie: Elffuss corre dentro de tu navegador, en tu propio equipo, y lo que escribes no sube a ningún servidor.
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