Lourdes lleva nueve años en una funeraria de un pueblo grande. En su contrato no aparece la parte que mejor hace: sentarse con una familia recién rota y ayudarles a escribir la esquela, y a veces también las cuatro frases que alguien va a leer en voz alta al día siguiente sin que se le quiebre la voz.
El material con el que trabaja llega a cualquier hora. Un mensaje a las once de la noche de un hijo que no se duerme, con un párrafo escrito del tirón: el mote con el que llamaban a su padre en el barrio, el año en que se fue de casa, el nombre de la planta del hospital, una frase sobre un hermano con el que no se hablaba. Todo eso tiene que convertirse en seis líneas que no hagan daño.
Durante un tiempo, Lourdes se ayudó de un chat de los normales. Pegaba el párrafo, pedía que se lo ordenara, lo pulía ella. Hasta que una tarde se quedó mirando la pantalla con el cursor parado y pensó una cosa muy sencilla: esto que acabo de pegar no es mío.
No es desconfianza, es que no le pertenece
No le preocupaba que alguien, en algún sitio, estuviera leyendo esquelas de su pueblo. Le preocupaba otra cosa, más limpia y más difícil de discutir: la familia se lo había contado a ella, en una sala con una caja de pañuelos encima de la mesa. Nadie le dio permiso para llevárselo a ninguna parte. No había un formulario que arreglase eso.
Así que empezó a recortar. Quitaba el mote, quitaba el hospital, quitaba al hermano. Y el texto que le devolvía la máquina era exactamente igual de genérico que lo que había metido: una esquela de nadie.
Lo que cambia cuando no hay a dónde enviar
Con Elffuss, el cambio no es que haya una promesa mejor escrita. Es que desaparece el sitio al que mandar las cosas. El modelo se descarga una vez y funciona dentro de la pestaña, sobre la tarjeta gráfica del propio ordenador. No hay servidor esperando al otro lado, no hay cuenta, no hay un contador que diga cuántas veces te quedan este mes. Se nota en una prueba tonta: quitas el wifi y sigue respondiendo.
Lourdes lo comprobó así, por desconfianza sana. Y a partir de ahí dejó de recortar. Pega el párrafo entero, con el mote y con el hospital, porque ese texto no se mueve de donde está. Luego usa el Copiloto para ajustar el tono, y cuando la sobrina que vive en Alemania necesita entender lo que se va a leer, el Translator se lo pasa sin que la esquela pase por ningún sitio.
Yo no puedo firmarle a una familia que su padre no va a salir de esta habitación si lo primero que hago es pegarlo en una web.
La privacidad, aquí, no es una pegatina en la página de inicio. Es la diferencia entre poder usar el detalle que hace que una esquela se parezca a alguien, o tener que renunciar a él.
Abre Elffuss en el navegador y escribe lo que no te atreverías a pegar en ningún otro sitio: no hay nada que subir, porque nunca sale de tu equipo.
Ver las apps →