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Diario Elffuss · 9 de octubre de 2026

Veinticuatro autorizaciones para probar una cosa en clase

Rosana quería enseñar a leer código a críos de doce años. El problema no era la IA: era el formulario de alta, la cuota y la línea del instituto.

IA local · en tu GPU · Apache-2.0local · en el navegador

Rosana da Tecnología y Digitalización en un instituto público. Veinticuatro críos de segundo de la ESO, hora y media a la semana, los ordenadores del aula y una idea bastante sencilla: enseñarles a leer un programa y a preguntar por qué falla. No a copiarlo. A leerlo y a discutirlo.

El curso pasado lo intentó. Encontró una herramienta que le pareció buena y entonces apareció la letra pequeña: cuenta de usuario. Veinticuatro cuentas. Con doce y trece años, eso significa autorización de las familias, circular, plazo, los que no la traen, los que la traen firmada por el hermano mayor, y el padre que escribe —con toda la razón del mundo— para preguntar dónde acaban exactamente las cosas que escriba su hija. Todo eso para una clase de prueba. Lo dejó.

El problema no era la IA

Era lo de alrededor. El alta, el correo de verificación, la contraseña olvidada en la segunda sesión. Y la cuota: «te quedan 3 mensajes». Veinticuatro chavales preguntando a la vez se comen cualquier plan gratuito antes del primer recreo. Y la línea del centro, que a tercera hora, con medio instituto conectado, se arrastra o directamente se cae.

Este año lo ha montado de otra manera. Abre el navegador, entra en una dirección y el modelo se descarga una vez y se queda ahí. No hay registro porque no hay nada a lo que registrarse. No hay cuota porque no hay nadie al otro lado contando mensajes. Y cuando la línea se cayó —se cayó, un martes— la clase siguió, porque lo que estaban usando no estaba en un servidor a tres mil kilómetros: estaba en el ordenador que tenían delante, corriendo sobre su propia tarjeta gráfica.

No es que confíe en que no miren. Es que no hay nada que mirar: lo que escriben no sale del aula.

Me gusta ese detalle porque invierte el orden de las cosas. Normalmente la privacidad llega después, en forma de promesa: una política, una casilla, un «no usamos tus datos para entrenar». Hay que creérsela, y además hay que creérsela también mañana, cuando cambien las condiciones. Aquí no hace falta creerse nada, porque el dato no viaja. Rosana no tiene que explicar a veinticuatro familias qué hace una empresa con las dudas de sus hijos. No las tiene nadie.

Y vale exactamente igual fuera de un aula. El que pega una carta en Translator porque no entiende qué le piden, el que suelta un documento largo en Claw para enterarse de qué va antes de llamar a nadie, el que pregunta en Copiloto algo que no formularía igual si supiera que queda escrito en algún sitio. En todos esos casos la frase importante es la misma, y no es un eslogan: eso no se sube.

Las cuatro apps son de código abierto, con licencia Apache-2.0. Se pueden leer. Ese es, al final, el único argumento que no depende de que te creas nada.

Ábrelo y pruébalo con algo tuyo de verdad: corre dentro del navegador, sobre tu propio equipo, y lo que escribas no se sube a ningún sitio.

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nada de esto se sube a ningún sitio