Montse lleva tres semanas metida en un programa de almacén que se escribió en 2011. El cliente es una empresa de treinta personas que fabrica puertas cortafuegos; quien programó aquello se jubiló hace años y dejó una función de setecientas líneas que calcula los descuentos por volumen y que nadie se atreve a tocar. Montse tiene que tocarla. Para el martes.
Lo que firmó antes de empezar no es una política de privacidad. Es un contrato de dos páginas con una frase muy poco ambigua: el código fuente no se reproducirá, ni completo ni en fragmentos, en sistemas de terceros. No dice «no lo usaremos para entrenar». No dice «cumplimos la normativa». Dice que no sale. Y pegar setecientas líneas en una página web para preguntar «¿qué hace esto exactamente?» es, con todas las letras, hacerlo salir.
Así que Montse hizo lo que hace medio oficio: imprimirlo. Flechas a lápiz, una libreta, y renombrar variables a mano para entender qué era imp2 y en qué se diferenciaba de imp2b. Tres semanas para algo que una herramienta decente despacha en una tarde. No porque Montse sea lenta, sino porque la única herramienta que le servía estaba al otro lado de una cláusula.
Una promesa no es lo mismo que un conducto que no existe
Elffuss Code es una página. Se abre en el navegador y el modelo se ejecuta ahí mismo, sobre la tarjeta gráfica del propio ordenador. No hay cuenta, no hay servidor al que mandar nada, no hay petición que salga. Esa es la parte que cuesta explicar y la que, cuando se pilla, cambia la conversación entera: el código de su cliente no viaja a ninguna parte porque no hay parte a la que pueda viajar.
Montse no tuvo que valorar la seriedad de nadie. No tuvo que buscar en unos términos de servicio cuántos días se guardan los registros, ni fiarse de un interruptor que promete «no usar mis datos». La diferencia entre «te prometo que no lo miro» y «no existe el conducto por el que podría mirarlo» no es un matiz de folleto: es exactamente lo que su contrato le exigía.
De paso, los comentarios del programador original estaban en francés, porque el programa nació calcado de un proveedor de Lyon. Los fue pasando por Elffuss Translator, que funciona igual: ahí dentro. Y resulta que algunos de esos comentarios llevaban nombres de clientes y precios pactados, cosa que ella no descubrió hasta la línea cuatrocientos. Menos mal.
Dos de esos días los pasó en la nave del cliente, donde a los externos no se les da la wifi, y otro en un tren. La página seguía funcionando. Eso no es una virtud añadida: es lo que pasa cuando algo no depende de que haya línea.
Y lo que de verdad mueve no es ahorrarse una cuota, aunque no haya cuota. Es que por primera vez la respuesta honesta a «¿dónde ha ido mi código?» sea «a ninguna parte». Sin expediente, sin borrado a los treinta días, sin nada que reclamar luego. No hay nada que borrar.
Elffuss Code se abre en el navegador y trabaja ahí mismo, sin cuenta y sin subir una sola línea: pruébalo justo con ese fichero que no puedes pegar en ningún otro sitio.
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