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Diario Elffuss · 14 de octubre de 2026

La cuota se acabó en la redacción doce, y quedaban veintiséis vidas por leer

Marisa da clase en una escuela de adultos y pidió a sus alumnos que escribieran cómo llegaron al barrio. El domingo por la noche, a mitad de la corrección, el asistente le dijo que volviera mañana.

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Marisa da Lengua en una escuela de adultos de Linares. En octubre siempre pone la misma redacción: «Cómo llegué aquí». Aquí puede ser el barrio, el país o el aula. Cada año le entregan treinta y tantas hojas, y cada año acaba leyendo cosas que no le contaría nadie en la cola del pan.

Este curso son treinta y ocho. Está Fátima, que cuenta la noche que cruzó con su hermano pequeño dormido encima. Está Antonio, que dejó el colegio a los once años para ir a la aceituna y ahora, con sesenta y dos, escribe su primer texto largo. Y está Rosa, que llegó al barrio huyendo de alguien y no lo dice con esas palabras, pero lo dice.

El domingo a las once

Marisa no usa la IA para poner notas. La usa para lo que más tiempo le come: escribir a cada uno un comentario que no sea «bien, sigue así». Pega un párrafo, pide ideas para señalar dos fallos de concordancia sin hundir a quien lleva tres meses escribiendo, y luego lo reescribe a su manera.

El domingo por la noche, en la redacción doce, el asistente gratuito que usaba le soltó un mensaje amable: había llegado al límite y podía seguir mañana o pasarse al plan de pago. La redacción doce era la de Fátima.

Esa noche, mirando la pantalla, a Marisa le vino a la cabeza otra cosa. Las once anteriores ya estaban en un servidor que no sabía dónde estaba. La de Rosa también. Ninguno de sus alumnos había firmado nada para eso. Y ella tampoco se lo había preguntado.

Lo que cambió el lunes

Una compañera le habló de Elffuss Copiloto. Lo abrió en el navegador, sin crear cuenta. La primera vez tardó un rato en descargar el modelo, y a partir de ahí funcionaba en su propio ordenador. Sin límite de mensajes, porque no hay nadie al otro lado contando: el trabajo lo hace su ordenador.

Lo que le convenció no fue eso. Fue darse cuenta de que el texto de Rosa ya no viajaba a ninguna parte. Se quedaba en el portátil de Marisa, que es donde estaban las hojas de papel desde el principio.

«Yo no subiría sus redacciones a una web cualquiera. No sé por qué con la IA me pareció normal hasta que me cortaron el grifo.»

Terminó las veintiséis que le quedaban ese mismo lunes por la tarde. Los comentarios los siguió escribiendo ella. La herramienta le dio ideas, nada más, que es justo lo que quería.

La cuota también dice algo

Un límite de mensajes parece un detalle de precio, pero también te recuerda que cada frase que escribes pasa por la máquina de otro. Cuando el modelo corre dentro del navegador, esa cuenta no existe, y tampoco existe ese viaje.

A Antonio, Marisa le dejó una nota debajo de la redacción: «Tienes cosas que contar. Ahora vamos a por las comas.» Eso no lo escribió ninguna máquina. Pero lo pudo escribir sin tener que elegir entre pagar, esperar o enseñar la vida de Fátima a un desconocido.

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