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Diario Elffuss · 16 de octubre de 2026

La receta de las rosquillas de Joaquín no está en internet, y así va a seguir

Un obrador de pueblo, un pedido grande para Navidad y un cuaderno de la abuela lleno de «pellizcos». Joaquín necesitaba ayuda para hacer cuentas, pero no quería entregar a nadie lo único que le distingue de la competencia.

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Joaquín tiene un obrador pequeño en un pueblo de Valladolid. Hace pan, alguna empanada por encargo y, sobre todo, las rosquillas de su abuela Irene, que son la razón por la que la gente se desvía de la carretera. La receta está en un cuaderno de tapas de hule con manchas de aceite y con indicaciones como «un pellizco de anís», «la harina que pida» o «huevos, los de siempre».

En octubre le llegó el pedido más grande que ha tenido nunca: una cadena de tiendas de la comarca quería cuarenta cajas para la feria de Navidad. Eso suponía pasar de la docena del cuaderno a varios cientos de rosquillas, convertir los pellizcos en gramos y preparar una etiqueta con los alérgenos bien declarados. Mucha cuenta para alguien que cuadra la caja a mano los domingos.

«¿Y eso dónde se queda?»

Su sobrino le dijo lo que habría dicho cualquiera: «Pásaselo a la IA y en cinco minutos lo tienes». Joaquín abrió una de esas webs conocidas, vio que le pedía crear una cuenta y se puso a leer las condiciones. Allí ponía que lo que escribiera podía conservarse y revisarse para mejorar el servicio. Cerró la pestaña.

No es que la receta sea un secreto de Estado. Pero a tres kilómetros hay otro obrador que lleva años intentando sacar esas rosquillas, y el cuaderno de Irene es lo único que Joaquín tiene que no tenga nadie más. No le preocupaba que alguien fuera a robársela; le preocupaba no saber dónde iba a acabar.

Las cuentas, sin sacar el cuaderno de casa

Al final usó Copiloto, de Elffuss, que corre dentro del propio navegador. La primera vez tuvo que esperar a que se descargara el modelo, y a partir de ahí todo se hacía en su ordenador: sin registro, sin cuenta y sin un servidor al otro lado leyendo lo que escribía. Copió la receta tal cual, con sus pellizcos, y le dio las medidas que había ido pesando durante una semana para saber cuánto era «un pellizco» de verdad.

Copiloto le escaló las cantidades, le avisó de que en la etiqueta tenían que aparecer el huevo, el gluten y la leche, y le propuso un orden para la lista de ingredientes. Joaquín hizo bien en no fiarse a ciegas: comprobó los alérgenos con la normativa y con su gestora, porque una herramienta que te ayuda a pensar no firma la etiqueta por ti. Pero el trabajo pesado ya lo tenía hecho, y le sobró tiempo para lo que de verdad importaba, que era probar la masa grande y ver si salía igual que la pequeña.

«Lo que no subo a ningún sitio no tengo que fiarme de que alguien lo cuide», le dijo luego a su sobrino.

Es una idea sencilla y tiene más peso del que parece. Durante años se ha dado por hecho que, para usar una herramienta potente, había que entregar lo que uno tiene. Para mucha gente, como Joaquín, esa entrega no compensa, aunque lo que tengan sea una receta con manchas de aceite. Que la IA funcione en el propio navegador no le hizo más rápido ni más listo. Simplemente le dejó trabajar sin tener que decidir a quién le confiaba lo único que era suyo.

Las cuarenta cajas salieron a tiempo, y el cuaderno sigue en el cajón del obrador.

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