Paloma da clases de Lengua en un instituto de Teruel y escribe por las noches. Lleva tres años con una novela que de momento se llama La casa de abajo y que, si se le pregunta, «no va de nadie». En realidad va bastante de su hermana Nuria: del piso que no se vendía, de la custodia, de una Nochebuena en la que nadie habló. Los nombres están cambiados. Lo demás, no tanto.
El problema de escribir sola tanto tiempo es que llega un punto en el que ya no ves el texto. Paloma no sabía si el capítulo nueve repetía lo que ya contaba el cuatro, ni si el personaje del cuñado cambiaba de carácter sin motivo. Le hacía falta un lector. Y no le valía cualquiera.
Un lector que no conozca a nadie
Su pareja había leído la mitad y se le notaba incómodo. Su grupo de escritura en la biblioteca conoce a Nuria de vista. Y pegar capítulos enteros en un servicio de internet le daba un reparo difícil de explicar, pero muy concreto: no sabía dónde iba a quedarse ese texto, ni quién podría leerlo, ni si serviría para algo que ella no había decidido. Una novela sin publicar es un borrador lleno de cosas que todavía no se pueden decir. Y algunas de esas cosas son de otra persona.
Un compañero del departamento de Informática le habló de Elffuss Copiloto. Lo abrió en el navegador, esperó a que el modelo se descargara la primera vez, y ya. Sin registrarse. Sin aceptar unas condiciones que no iba a leer.
Desde entonces hace siempre lo mismo: pega un capítulo y pregunta cosas pequeñas. «¿En qué momento se nota por primera vez que Elena quiere irse?». «¿Hay alguna frase que suene a sermón?». «Resúmeme lo que sabe el lector del cuñado al acabar este capítulo». No le pide que escriba por ella; eso lo tiene claro. Le pide que le devuelva su propio texto visto desde fuera.
«No es que me fíe de la máquina. Es que la máquina no se lo puede contar a nadie, porque no hay nadie al otro lado».
Lo que cambia cuando no hay otro lado
Esa frase de Paloma lo resume mejor que cualquier ficha técnica. El modelo corre en su ordenador, en la propia tarjeta gráfica, dentro de la pestaña. El capítulo nueve no viaja a ningún sitio para que lo procesen. No hay una cuenta a su nombre con tres años de borradores guardados. Si cierra la pestaña, lo que queda es lo que ella haya guardado en su disco, igual que con un documento de texto.
Y tiene una ventaja que no esperaba: el cuarto donde escribe tiene una cobertura malísima, y da igual. Una vez descargado, funciona sin conexión.
Las respuestas no siempre aciertan. A veces confunde a dos personajes, o le propone cambiar algo que Paloma tiene clarísimo. Pero acierta lo bastante para que ella vuelva a mirar donde no estaba mirando. Y nadie más ha leído esa Nochebuena. Todavía.
Nuria no sabe que existe la novela. Paloma se lo contará cuando esté terminada, si es que se lo cuenta. Esa decisión es suya, y por ahora nada ni nadie se le ha adelantado.
Si tienes un texto que todavía no puede leer nadie, abre Elffuss en el navegador: el modelo corre en tu propio equipo y lo que pegas no se sube a ningún sitio.
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