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Diario Elffuss · 18 de octubre de 2026

Las cartas del abuelo de Germán nombran a gente que todavía vive en el pueblo

Germán está ordenando las cartas que su abuelo escribió desde la cárcel en 1941. Dentro hay nombres, y los nietos de esos nombres son sus vecinos.

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Germán tiene sesenta y tres años, una lata de galletas y cuarenta y dos cartas. Las escribió su abuelo Eusebio desde la prisión provincial entre 1940 y 1942. Escribía a lápiz, por las dos caras y con la letra apretada de quien sabe que el papel se acaba. Su abuela las guardó en el altillo y nadie las abrió en ochenta años.

Germán las ha fotografiado una a una y ha empezado a transcribirlas. No esperaba lo que hay dentro. En tres de ellas, Eusebio dice quién le denunció, con nombre y apellido. Esos apellidos siguen en el pueblo. Uno es el del hombre que cada invierno le revisa la caldera.

Lo que no se le cuenta a un servidor

Para ordenar todo aquello, Germán necesitaba ayuda. Había fechas que no cuadraban y abreviaturas de la época. Además, un hermano de Eusebio exiliado en Toulouse mandaba cartas en un francés lleno de faltas. Su hija le dijo «pásaselo a una IA». Él se quedó un buen rato mirando la pantalla.

No es que tenga nada que ocultar. Es que todavía no sabe qué va a hacer con eso. Quizá nada. Quizá hablarlo algún día con el de la caldera, que no tiene la culpa de lo que hizo su abuelo. Quizá dejarlo en la lata otros ochenta años. Lo que tiene claro es que esa decisión le toca a él. No quiere que una lista de denunciantes de 1940 acabe guardada en una empresa a la que nunca ha visto la cara, por mucho que le juren que nadie la va a leer.

Cómo lo está haciendo

Al final usa Elffuss en el navegador del ordenador de casa. El modelo se descarga la primera vez y desde entonces funciona en su propio equipo, así que nada de lo que escribe sale de allí. No le ha pedido ni una cuenta ni un correo. En Copiloto va pegando las transcripciones y le pide cosas sencillas:

Las cartas de Toulouse las pasa por Translator. Así se ha enterado de algo que nadie en la familia sabía: su tío abuelo no se fue por gusto. Escribía para pedir que le mandaran una foto de su madre, porque se le estaba olvidando la cara.

Su hija le preguntó si se fiaba de lo que le decía la máquina. «Me fío de que no se lo cuenta a nadie», contestó. «Lo demás lo compruebo. Para eso tengo los papeles.»

La memoria también es de quien la guarda

Solemos hablar de la memoria histórica como algo público, de archivos, fosas y leyes. Pero una parte es íntima y se resuelve en una cocina, con una lata de galletas encima de la mesa. Ahí las herramientas tienen que estar a la altura de lo que se toca. Tienen que ayudar sin quedarse con nada, funcionar sin registrarse y no dejar rastro fuera de casa.

«Mi abuelo escribió esto sabiendo que lo leía el censor. Bastante tuvo con eso. Ahora lo leo yo, y con eso basta.»

Germán todavía no ha decidido nada. Pero las cuarenta y dos cartas ya tienen fechas, contexto y traducción. Y los nombres siguen donde estaban: en la lata y en la cabeza del nieto de Eusebio.

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