Cristina lleva once años en la administración de una empresa de transporte en Zaragoza. Conoce cada ruta, cada cliente que paga tarde y cada camionero que se olvida de firmar el albarán de entrega. Desde septiembre busca otra cosa: un puesto de gestión en un hospital, con horario de mañana, para poder recoger a su hijo del colegio.
No le da vergüenza buscar otro trabajo, pero tampoco quiere que se sepa antes de tiempo. Si no sale, quiere seguir en su puesto sin que nadie la mire raro en la máquina del café.
La herramienta que tenía a mano
La empresa paga un asistente de IA para toda la plantilla. Se entra con el correo corporativo, guarda el historial de conversaciones y lo administra el mismo departamento de informática que le cambia la contraseña cuando se le olvida. Cristina lo usa a diario para redactar avisos a clientes. No lo quería usar para pulir la carta que iba a mandar al hospital.
No cree que nadie vaya a ponerse a leer sus conversaciones por curiosidad. Lo que le preocupa es más sencillo: su carta, con su nombre, su experiencia y los motivos por los que se quiere ir, quedaría guardada en un sitio que no es suyo, dentro de una cuenta que tampoco es suya. Y el día que se vaya, la cuenta se queda en la empresa.
Una pestaña que no pide nada
Una amiga le pasó el enlace de Elffuss Copiloto y lo abrió en el portátil de casa. No le pidió registrarse ni dejar un correo. La primera vez tardó un rato en descargar el modelo. Desde entonces, la IA funciona dentro del propio navegador, con la GPU de su ordenador, y lo que escribe no se manda a ningún servidor.
Le pegó su borrador, tres párrafos que sonaban a disculpa, y le pidió que lo hiciera más directo. También le pidió que convirtiera su «he hecho un poco de todo» en algo que un hospital entendiera: facturación, incidencias con proveedores, coordinación de turnos. No le convenció todo lo que salió: cambió dos frases y volvió a pedírselo. Como se trabaja con cualquier borrador.
El hospital pedía además un resumen del currículum en inglés. Lo hizo con Elffuss Translator, que funciona igual: el texto entra en la pestaña y de ahí no sale.
Lo que de verdad cambia
Lo importante no es que la herramienta sea discreta. Es que no tiene dónde ser indiscreta. No hay historial en la nube que borrar, ni cuenta a la que reclamar tus datos, ni una política de conservación de datos que leerse. Cuando Cristina cierra la pestaña, solo queda lo que ella ha decidido guardar: un documento en su escritorio.
Hay cosas que no son secretos, solo asuntos de cada uno. Buscar trabajo es una de ellas. Y no hace falta que pase por los sistemas de la empresa que estás pensando en dejar.
«No es que tuviera nada que esconder. Es que no era asunto suyo», dice ella.
La entrevista es el jueves.
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